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martes, 12 de diciembre de 2023

MAREJADA

 

(Canción por Adriana Salas. Basada en imágenes

de los poemas del libro “Anciana Inclemente”

de R.T. Gama.)

 

De medianoche a laudes

murciélagos por doquier

escuchaban sus historias

de una anciana sin piedad

que merodeaba en el día,

le sonreía por saludar.

 

Le removió las escorias

guardadas en el desván

con esos ladrillos crudos

llenos de espera, huecos de amor.

Cantaba con su faena

unas palabras de tentación:

 

Vive más de lo esperado,

el Ave Horrenda no está,

yo te espantaré al Cangrejo

y tú busca con quién hablar.

 

Hay cuadras de dos minutos

para que salgas a chacharear

no vayas con tus amigos,

¡tristes guiñapos! Hacen llorar.

 

Vámonos muriendo todos,

que están enterrando gratis,

¿qué sigue de medianoche?

¡Pues música con un laúd!

 

El canto de los  jilgueros

en aquel árbol que puedes ver

te dice que ese es tu mundo

porque este mundo, ¡se te acabó!


Y la Ancianita Inclemente

contempla aquel ataúd

adentro viene el poeta

cuya sombra no borrará.

Alguien habrá que se ría

porque finge su dolor.

 

Coros de ángeles y ninfas

le cantan esta canción;

se la compuso una anciana

que de joven lo abrazó.

Sucariño daba un fruto

que en copla se convirtió.

 

Qué marejada es la vida,

agitación sin cesar,

dirigimos una tabla

por el oleaje del pensar.

 

Sentimos que nos anima

una certeza  de eternidad,

queremos que no termine

y dure por siempre la humanidad.

 

(Se repite)

Vámonos muriendo todos,

que están enterrando gratis,

¿qué sigue de medianoche?

¡Pues música con un laúd!

 

El canto de los jilgueros

en aquel árbol que puedes ver

te dice que ese es tu mundo

porque este mundo, ¡se te acabó!




 

 

sábado, 22 de marzo de 2014

Medio siglo de tristeza

Después de cincuenta primaveras, ya no abrigo la menor duda: las mujeres decentes no existen. Es la etiqueta que se ponen las que odian la sexualidad hasta el punto de creer que entre menos la ejerzan, mejor. Tampoco hay putas. La sociedad les da esa categoría para que crean que hacen un trabajo. La emancipada es la del mejor camuflaje. Se comporta como si la sexualidad no existiera y su ejercicio fuera un trebejo.

Uno de los daños que se nos hace a las mujeres es inculcarnos la idea de que nada más las prostitutas tienen derecho a cobrar. La verdad es que ni entre ellas está limitado el cobro al dinero. Otro de los daños que sufrimos, es el.desfasamiento. Hay familias que educan a sus hijas para esposas, pero no las dejan casarse; a la que estimulan para que se comporte como presa, le dan exhortaciones para que evite, al precio que sea, ir a la cárcel; si la orillan a que se asuma como puta, le prohíben que ponga el pie en un congal; a veces, estas familias dotan a sus hijas de personalidades monjiles, para después castigar cualquier intento de ingresar a una cofradía religiosa. Cuando alguna infortunada logra adecuarse a estos cánones absurdos, la hostigan. Le dicen que está loca, pero nadie se avienta el follón de llevarla al manicomio.

Ser mujer es enfrascarse en una lucha grotesca por seguir siendo chamaca. La edad jamás nos ayuda. Se nos considera incapaces por no tener experiencia y en un abrir y cerrar de ojos, a veces de piernas, resultamos demasiado viejas para cualquier ocupación.

Se nos señala con dedo acusatorio cuando entablamos relaciones de trabajo en donde roles, derechos y obligaciones están claramente definidos. En cambio, se espera que laboremos en tales condiciones que lo que hagamos no sea concebido como trabajo, sino como actividades propias de nuestro sexo, o de la naturaleza, o de lo que Diosito nos dio como un don.


¡Me queda claro ya para qué sirve creer en el amor! El dogal de nosotras es el lastre de los hombres, aunque ellos jamás asumirán el sobrepeso en la misma proporción en que nosotras nos dejamos ahorcar. Hemos defendido un sistema que nos obliga a tener hijos y criarlos en el seno de una sociedad que detesta a los niños. Y nos detesta a nosotras también.