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domingo, 23 de septiembre de 2012

Sintonía con Chuck Mangione*


La Obertura de los hijos de Sánchez arrancó a mi hermano de la tumba. Las guitarras me enseñan, del entorno, lo que podría no existir y me regalan el chance de contemplar mi saudade. Emerge la ilusión, las frases y los verbos del pasado, una lucha por unirse a los ritmos del desorden. La protesta, la percusión silenciada, el estallido que no acabó de cuajar.


La danza más vívida no es la de los bailarines. Es la de los músicos. Van de la mano con sus instrumentos, como la gente con todos los objetos de uso diario. Nadie tiene que hacer rond de jambe para bailar las calmadas.

*Chuck Mangione


miércoles, 25 de mayo de 2011

Los tres guijarros


Nada sale como uno lo planea, era el enunciado favorito de mamá. No sé después de cuántas veces que se lo oí decir empecé a pensar que no tenía caso plantearse metas.


Según yo, no quería vivir una vida rígida y cuando cumplí diez años ya tenía más que grabado que tener propósitos era ponerse estorbos.


La verdadera marca de ese dicho la siento hasta hoy, después de un poco más de mil sesiones de terapia. Cuando era niña, (9 años) tenía un álbum de historia de México. Las estampas que me quedaban repetidas las guardaba y llegaron a ser como una baraja. Jugaba con ellas a que ponía dos al derecho y una al revés. Después de mucho tiempo de jugarlas las conocía tan bien que podía profetizar en dónde iba a quedar cuál y, sobre todo, descubrí que podía decidir cuál estampa quería que saliera y cuál no.


Eso contradecía la máxima familiar. Deseché las estampas ese mismo día. Olímpicamente las tiré a la basura después de que habían sido por más de un año mi juego favorito. Ya había aceptado que en la vida, para que las cosas me salieran, tenía que hacerlas a troche y moche, sin planearlas, y si las planeaba era con la condición de que no me salieran. 


Lo bueno y lo malo a la cara sale, era otro de sus principios. Entre más lo recuerdo más clara veo la cara de fuchi con la que siempre me miraba. Con el pelo chino y corto, más parecía un capataz que una madre. Cuando trabajaba en su consultorio, la bata y los zapatos blancos con antiderrapante le daban un cierto aire de monja o mujer policía. Nunca entendí qué le vieron sus pacientes. Creo que confiaban en ella precisamente porque no vivían con nosotros, no conocían, como ella también decía, el otro yo del doctor Merengue. 


En esa época tuve la manía de buscarme a cada rato en el espejo. A veces, me costaba trabajo reconocerme porque no veía siempre las mismas facciones. No sabía en realidad cómo era físicamente; las tías me decían que bonita, pero mi rostro no me gustaba, más bien me parecía feo, sentía que esa no era yo, y las pocas veces que me acepté, lo hice con miedo de que no durara la belleza más que un ratito. Me devastaba saber que después volvería a contemplar por semanas y semanas, el rictus amargo de siempre. Hasta la edad adulta tuve la capacidad de reconocer que ambas caras eran la mía.


Paliza de órdago, eran otras palabras que muy seguido le escuchaba. A medida que crecí las fue diciendo cada vez menos. La última vez que la vi ni siquiera las mencionó, como si nunca las hubiera conocido y mucho menos pronunciado, pero yo, nada más con su presencia, sentía unos retortijones de órdago. 
Era raro que nos quisiera explicar, a mis hermanos o a mí, qué quería decir alguna palabra de las que usaba. Siempre nos decía que nos fijáramos con qué tono la decía, con qué otras palabras, y así podríamos deducir el significado. Las cosas de órdago no siempre eran palizas, pero ninguna era bonita.


Y cómo iban a ser, si la palabra tiene que ver con Ordalía, que en la Edad Media era como se llamaba una forma de ejecutar a los sentenciados por la Inquisición. El método consistía en someter al acusado a una serie de torturas de las que debía salir ileso para confirmar su inocencia. De acuerdo con los tribunales de entonces, si eso sucedía era porque Dios estaba indicando que el inculpado no merecía ese trato y debía ser exonerado. 


Hace unos dos años, llegó a mis manos un Diccionario de Expresiones Malsonantes del Español y encontré la palabra órdago. Me dolió ver en un diccionario de groserías una palabra que tanto me impresionaba por venir de quien venía y prometer lo que nos cumplía. La certeza de que es una expresión que se usa en los arrabales de España francamente hirió mi vanidad, pero también hiere mis sentimientos asistir al hecho de que mamá nos dio una infancia de órdago a mis hermanos y a mí por la simple razón de que desciende, como hija de criolla, de la gentuza de allá.


Al escribir este texto, me he dado cuenta de que está saliendo mi madre, el ser que me dio la vida y al que le guardo más resentimiento. Antes de cumplir 30 años, llegué a la conclusión de que nada más hay dos tipos de mujer que no le guarda rencor a su madre: la mentirosa y la huerfanita. Yo no soy de esas.




Quizá sería pertinente poner aquí de dónde me viene la inclinación a escribir, y sale a relucir mi padre. Él me inculcó el gusto por la lectura y aunque se lo agradezco, no dejo de ver que lo hizo por conveniencia. Si yo me enfrascaba en un libro de cuentos, ya no hacía preguntas incómodas. Aunque para ser sincera, en casa, preguntar la hora bastaba para incurrir en una indiscreción mayúscula.


Mamá nunca dejó que tratáramos a los familiares de papá, y por esa razón es hasta ahora que rebaso el medio siglo, me he enterado de que, por el lado paterno, desciendo de una serie de escritores que se remonta a la época de la Primera Guerra Mundial. A quien conocí de ellos es a un primo hermano de mi padre, que es sacerdote jesuita y se llama Carlos González Salas, cronista de la ciudad de Tampico. Mi papá era de allá.


Con mi padre también estoy resentida. Entre otras cosas, porque por un lado, me decía que era inteligente, que podía tener, dicho con sus palabras, “una cultura humanística padre”, pero por otro lado, me golpeaba cuando no daba una en matemáticas. A veces hasta creo que le hubiera frustrado que alguna vez sacara una calificación decente en esa materia, porque entonces, no habría motivo o más bien pretexto para los golpes.


Otra cosa que no pude entender sino hasta hoy, fue que no nos rescatara, ni a mis hermanos ni a mí, de las garras de mamá. Y lo escribo así, porque así lo vivimos. Un médico psiquiatra le dijo que su esposa tenía esquizofrenia y que lo más conveniente era que se divorciara, le quitara la patria potestad sobre nosotros y que la dejara, que nos llevara consigo a otro lado a iniciar una nueva vida y no lo hizo. Argumentó que “no podía hacerle esa jijez a una pobre mujer que estaba hospitalizada”, y con ello nos condenó, a mis hermanos y a mí, a una vida de sinrazón que no teníamos por qué padecer.


Con los años entendí que el verdadero motivo que tuvo para ello fue que, afectivamente, no éramos sus hijos, sino “el pinche ganado de la buscona esa”, que se le había entregado antes del matrimonio para poder titularse de cirujana dentista, cosa que la abuela y las tías no le podían o no le quisieron ayudar a costear. Él fue el amante patrocinador de la segunda mitad de su carrera y fue motivo más que suficiente para que los parientes políticos, es decir los abuelos paternos y por ende los demás, no nos aceptaran.


Mamá fue díscola. Ante nosotros se presentaba con un aire de superioridad, de rigor moral a toda prueba, de ejemplo de mujer liberada y feminista, que tenía una profesión y que al mismo tiempo se desempeñaba como esposa, madre y ama de casa, ¡la gran admirable! ¡Chiflaba, bailaba y cantaba al mismo tiempo! 


Hoy puedo contemplar que esos aires de grandeza nada más transmitían un mensaje: “A ustedes no les importa lo que yo haya tenido que hacer para ganarme mi título, pero sí van a pagar los platos rotos de todas las broncas que tuve por eso y que no supe resolver.” Para ella tampoco fuimos sus hijos, sino más bien la secuela de una chamba desagradable que tuvo que hacer para subir, de ser la simple hija de una fritanguera, a ser toda una profesional, ¡en un trabajo que allá, en la España antigua, ejecutaba cualquier pinchurriento barbero! ¡La cenicienta grotesca!


Verla así, como princesa de pacotilla, o como mala persona, me ayuda a sobrevivir, pero también me ha impedido recordar que de niña ganó un concurso literario. El libro que obtuvo de premio lo conservaba como uno de sus bienes más queridos.



lunes, 16 de mayo de 2011

Ayer y hoy

La vecindad es el sucedáneo de la cárcel, por eso da tanta vergüenza vivir ahí. La gente niega el pasado tortuoso y barriotero del mismo modo que nuestros abuelos ocultaban su origen de campo y pueblerino.

            En mi niñez, la pobreza era algo que pertenecía a la azotea, allí  vivían las sirvientas. Un día, Ma. Alura y yo nos acordamos de algunas que ya se habían ido, entonces, mamá entró furiosa a nuestra recámara:

-¡Aquí no se vuelve a hablar de las criadas! ¡No son de la familia! ¡Gata que se largó, es gata muerta! ¿Lo oyeron?

            Ma. Alura dijo en seguida “sí, mamá”, yo me quedé mirando  la escena y mamá me gritó: “¿Lo  oíste tú también?” “Sí”, dije para mis afueras, pero para mis adentros, decidí que si ella las quería olvidar era su bronca. Después de todo, a través de ellas pude entender qué es la pertenencia al género femenino.

            Recuerdo a Rosa. Tenía el pelo largo, hasta la cintura y se hacía una trenza y un copete. Era vivaz y bromista. Sabía algunos trucos de ilusionismo; hoy se que era magia, porque he estado en contacto con magos, pero a los siete años fue un prodigio ver a Rosa quitarse la lengua y volvérsela a poner.

            A mamá le complacía que Rosa pudiera controlarnos. Para ella, nada más era “la única gata que había podido con estas chamacas”, y la premió regalándole un sweater; dos meses después se lo arrebató mientras le daba dos cachetadas y la corría por ladrona.

            Pasaron algunos meses. La expresión asustada de su cara mientras decía “Por Dios Santito, señora, que yo no fui”, mientras besaba la señal de la cruz, había desaparecido de mi mente. Un domingo, a fuerza de mucho insistir, logramos que papá y mamá nos llevaran al cine. Al regresar, Alejandro se adelantó pero al intentar abrir, la puerta cedió. Mi hermano dijo, asustado, “¡Robaron!” Mamá y papá entraron precipitadamente. Ma. Alura y yo lo hicimos después. Había desorden y faltaba la televisión junto con toda la ropa de mamá.

            Lo que tiene esto que ver con el hecho de que hoy viva en vecindad, es que descubro que tengo una lealtad invisible a las criadas; puede ser que hasta envidia. Las sirvientas eran pobres, pero tenían libertad, podían irse de la casa para siempre sin esperar a crecer, y lo mejor de todo, podían cobrarle a mamá sus ofensas.

            No se cómo sea la vida de hoy para todas esas mujeres; puede ser que Rosa logró vivir en una casa propia o que realmente haya conocido la cárcel, como aseguró papá cuando dijo que “Ora sí ya agarraron a esos cabrones”, lo único que tengo claro es lo que aprendí: para ser pobre, es necesario tener mentalidad de preso.

domingo, 17 de abril de 2011

FUROR UTERINO

             I


-Adriana, ¿de veras la crees tan mala? ¿Qué madre enseñaría por su voluntad a su hija métodos de autodestrucción? ¿Qué mujer querría responder ante su hija por haber hecho eso?

“Eso”, se refiere a ponerle los cuernos al marido con un gringo alcohólico que todo lo quería pagar con clases de inglés, ¡por supuesto que ninguna madre quiere responder! Es más fácil decir que la hija es golfa.

Qué casualidad que cuando el gringo le decía a Ma. Alura que estudiara y la comparaba conmigo, mi hermanita se ponía roja y se quedaba callada. De repente, mamá ya me estaba sermoneando:

-¿Tan decepcionada estás de la vida para enredarte con semejante viejo poshco? ¡Tiene halitosis!

Y describía detalladamente cómo tenía cada muela. Aquella cavidad bucal me era presentada como un enorme cráter pestilente de donde brotaban pus y toda clase de miasmas.

 A los diez años de edad, no había tenido tiempo de decepcionarme de la vida, pero ya me estaba decepcionando de mamá.

-¡Marilú te vio, cómo el viejo te agarraba la mano por debajo del libro! ¡Con razón la pobre no adelanta!

Yo trataba de recordar y por más esfuerzos que hacía no me venía a la mente en qué momento el viejo poshco me había tomado la mano. Las recriminaciones se terminaron cuando mamá terminó de curarle la boca. También se acabaron las clases de inglés.



II


El profesor Javier y José Alberto coincidieron en que dejar a mi madre no me sirvió de nada porque, el ex galán lo dijo más claramente:

-De todos modos, eres lo que ella quiso, una mujer sola y además acomplejada. ¡No estás al servicio de nadie!

 Cuando tenía doce años, estuve a punto de romperle un brazo; pero a mi mami. El antedicho gandul entró a mi vida más tarde y salió con una camisa rota y la cara cuadriculada.


-Mira, Adriana, si te vuelvo a ver discutiendo con tu hermano, a ti te voy a pegar.

-¡Pero me estaba insultando!

-¡Aguántese! Las mujeres decentes no contestan insultos. No tiene caso, hija, si les contestas, los hombres se saben muchas groserías; nunca los vas a derrotar y sólo vas a quedar como una pelleja.

-¿Qué quiere decir pelleja?

-Búscalo en el diccionario.


Dos años después, a los catorce, mamá me llevaba de remolque a varios sitios donde se reunía gente con pretensiones de religiosos y espirituales; uno de esos lugares, era un templo pentecostal; allí había, entre los “hermanos”, dos mujeres, madre e hija, ambas vestidas de negro. Casi podría decirse dos monjas. Era difícil distinguir cuál era la hija porque se veían de la misma edad, o más bien, costaba trabajo creer lo que decían los miembros de la comunidad, que esas “hermanas” eran madre e hija.

Mi madre me hacía que la acompañara para contra atacar o quizá contra acatar mi rebeldía. Un domingo, rechacé la “limpia” que me ofrecía un hermano de los gringos que de repente llegaban, y ella me reprendió:

-No me conoces, mamá, tú, en realidad, no me conoces. Y casi me le voy a golpes. Me acababa de dar cuenta de qué era lo que realmente quería que fuéramos las dos.

En ese grupo de protestantes había un hombre joven, profesor de primaria, que debe haber tenido unos veinticinco años y empezó poco a poco a acercarse, primero, diz que a prestarme su Biblia para indicarme qué texto se estaba leyendo y después eran invitaciones a comer, hasta que una tarde, al salir del oficio religioso, nos invitó al cine. Sí debe haber tenido intenciones serias, puesto que siempre estuvo dispuesto a cargar con mi madre y se dirigía a ella para cualquier convite que nos quisiera hacer. Al negociar los paseos, a mí parecía ignorarme pero después se desvivía en atenciones; lo veía como un tipo agradable, pero raro.

Aquella tarde, mamá le dijo que con mucho gusto iríamos al cine después de la reunión espiritual a la que acudíamos todos los domingos cuando acababa el culto. Aceptó acompañarnos.

Los integrantes de ese otro grupo, llamaban “tenida” a la sesión. El dirigente se autonombraba Raynar y decía ser re-encarnación de Leonardo Da Vinci. Cuando le explicaron al infortunado pretendiente los requisitos “para venir al conocimiento”, de inmediato enarboló su Biblia y dijo: “El conocimiento está aquí”, se levantó y se fue.

Después de eso, seguimos yendo con los pentecostales, pero él ya nunca más se acercó. Mamá decía que se me quedaba mirando con ojos de “cómo se equivoca uno en la vida”. Hoy, treinta y cuatro años después, creo que la verdadera razón que tuvo ese hombre para alejarse, es que no le pareció que mi madre lo haya llevado con ese señor Raynar, y, sensatamente, se echó para atrás ante la idea de tener que hacer labor de proselitismo. El nada más buscaba una esposa, no demonios qué exorcizar, y menos si tales diablos habitaban la cabeza cochambrosa de la suegra.

Si el haberme separado de mi madre nada más sirvió para que no le diera un mal golpe ni fuera a dar a la cárcel por lesionarla o matarla, ya sirvió de algo, aunque los hombres, y quienes sean, digan lo contrario.



III



                                                                                                              Y nunca fui casadera,
casada y casamentera;
                                                                                                              pues me tenían por primera
                                                                                                              que ingresó en el asador.

                                                                                                      Sor Guanga


En el negocio de Silvia nos reunimos cada semana para lavar la ropa; pero también para conversar. El bla, bla, bla entre mujeres es tan vital que, aún teniendo lavadora en casa, estamos ahí puntuales, dispuestas a pagar el alquiler de una máquina. Se pone tan buena la plática, que no prestamos atención a los clientes masculinos que prefieren dejar su ropa por encargo; en terreno femenino, ni chance de mascullar. Cuando estamos tres mujeres o más, ponen cara de “qué enrarecido está el aire”. El día que hablábamos de que en muchos lugares del mundo todavía venden a las niñas, el muchacho que llegaba dijo “Vengo al rato”, y huyó como flatulencia. Pero es verdad. Todavía hay países donde matan a las bebitas si la familia no va a tener para dar la dote y casarla. (Se debería de escribir con z) Eso no está en el pasado ni lejos de la Ciudad de México.


Tenía diez años y una señora libanesa, paciente de mamá, me  echó el ojo para esposa de su hijo, muchacho apuesto, pero con veinte de edad. No supe que tenía esa oferta, hasta que a los diecisiete, en los preparativos para el bautizo de mi niña, mamá empezó a fastidiar con los maridos que pude haber tenido.

-Cuando ustedes andaban de juilonas, muchos amigos de Alejandro las quisieron conocer. Hasta se pelearon con él. Octavio Valderrama, un doctor muy prestigiado, me decía de organizar un paseo a Tequesquitengo para que ustedes y sus hijos se conocieran. Nada más le dije “mis hijas están muy chicas, no les interesa eso”, ¡buscando cómo salir del atolladero!

-Ay, mamá, eso de que no nos interesaba, ni tú te lo creías; podrías haberle dicho la verdad.

-¿Qué le decía? ¿Qué mis hijas son unas putas?

-Podrías haberle dicho que ya teníamos novio, era más fácil.

-¡Novio! ¡El hijo del doctor sí hubiera sido un novio! ¡Ese hombre es dueño de un yate y tiene tres casas! ¿Qué crees que sentí cuando me dijo que los dos muchachos ya estaban comprometidos?

-Bueno, ¿y qué querías? Tú no dejaste que nos conociera.

-¡Pero cómo iba a dejar! ¡Si hasta vergüenza da presentarlas!

Como todas esas historias las machacaba a cada rato, mis oídos estaban hechos cachaza. Por una me entraba y por la otra me salía, hasta que la libanesa, madrina de bautizo de mi hija, me confirmó que la intención de negociar mi matrimonio con su hijo, sí había sido cierta.

-Le agradezco, pero ya ve, eligió a una mujer que es muy diferente a mí. No tengo el físico que a él le gusta.

-Eso no importa. Manolo hubiera hecho lo que le ordenara.

Si mamá no quería que nadie de ellos nos conociera y ya los había largado, ¿para qué decirme? Fue su manera de avisar que nunca permitiría que Ma. Alura ni yo contrajéramos nupcias.

No creo en muchas de las libertades de hoy en día, y menos las referentes al matrimonio. El requisito de la virginidad puede ser que se pase por alto si hay dinero de por medio, o se tiene una respetable capacidad de seducción a la hora de negociar. ¡Claro! No debe haber hijos ni cosa alguna que delate la condición de señora sin marido; pero lo que es imprescindible, inapelable, es que una le guste a la madre de él.

Dicen por ahí que la ropa sucia se lava en casa, para nosotras, estar con Silvia es estar en casa. Así nos hace sentir. Los rostros de todas estaban ensombrecidos cuando terminé de hablar. A mi mamá le faltó habilidad para ver a futuro.