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martes, 26 de septiembre de 2023

CARTA ABIERTA AL PROFESOR RAUL EUGENIO TELLEZ GAMA.

 

“… Que un viejo amor
no se olvida ni se deja.
Que un viejo amor,
de nuestro alma sí se aleja
pero nunca dice adiós.”

Alfonso Esparza Oteo y

Adolfo Fernández Bustamante.

 

Ciudad de México, a 28 de Septiembre de 2023

Muy querido Raúl:

A finales de Julio supe que ya estabas por cumplir dos años de fallecido.  La noticia me cayó como patada en el estómago. Me sorprendió que me hiciera una mella tan grande porque hace ya cuarenta y seis años que diste por terminado nuestro noviazgo, después de un aborto sensacional.

Como verás, lo sarcástica no se me ha quitado ni creo ya que se me vaya a quitar. Tampoco aspiro a dejar la mordacidad. Lo curioso es que ese moquete perpetrado para ti cuando éramos jóvenes, ¡me lo he llevado yo! Quise castigarte con aquel telegrama que te mandé firmado con el pseudónimo “Alma Sonia Zárate” en el que te avisaba que “Adriana murió”.  Hiciste bien en limitarte a investigar en qué oficina fue puesto. Aún funcionaba la SCOP. Hoy es un elefante blanco. Ni lo demuelen, ni se ha vuelto a abrir.



De verdad estoy sorprendida. A pesar del medio siglo que ha pasado de no tener relación contigo la noticia me dolió. ¡Me duele muchísimo que ya no estés en el mundo! Me duele a sabiendas de que si vivieras no me querrías ni ver. También fue una sorpresa que me hayas admitido de contacto en tu Facebook. Gracias por ese lustro en que viste mis publicaciones aunque jamás hayas puesto comentarios ni reacciones. Tampoco yo puse algo cuando vi esa foto familiar en donde apareces en medio de todos, de pantalón de mezclilla, huaraches y camiseta, con unas barbas espantosas que te llegaban a la cintura. Qué bueno que te las afeitaste. No te quedaban aunque hayas sido un hombre alto. Tu estilo hippie fue desastroso; lo yuppie siempre te estuvo mejor.

Me di cuenta de que te borraste de mis contactos cuando empezó la “pandemia” del COVID. Era de esperarse. Fue justo cuando puse una portada que decía “Vacúnate tú, vil Gates”.  Lo rebelde igual me lo llevo a la tumba.



Ahora mismo me viene a la mente el recuerdo de cuando te dije “Estoy embarazada”. Después de una pausa pregunté “¿Qué te preocupa?” y tu respuesta fulminante: “Me has dado una noticia y me doy cuenta de que no podemos seguir juntos porque no respetas ningún tipo de autoridad”. Pero algo que me dio el tiro de gracia fue cuando me dijiste, después del aborto, “Piensa, porque ya hubiera nacido, ¿qué harías tú con un hijo?” Abrigo todavía mis dudas acerca de que me mereciera esos arponazos. Fuiste injusto.

Igual recuerdo un día que llegué a la casa y escuché a mi tía y mi padre platicando acerca de nosotros dos. Las palabras de mi padre fueron contundentes; desde la cocina me llegó como un mazazo: “Yo no creo. ¡Un tipo tan dogmático! ¡Y ésta que también tiene su genio!”

Tendrías que haber oído la de cosas que me gritaron cuando les dije que te había contado la verdad: Minerva era mi hija. Yo era una madre soltera y te lo dije desde un principio porque tenías derecho a saber, a decidir si seguías conmigo o ya no.



Y justo ahora aparece un recuerdo más: tu pregunta “¿Por qué me aceptaste?” me lleva al tiempo y lugar en que nos conocimos. En esos ayeres gozaba de una inestabilidad emocional que asustó a más de uno, ¿cómo fue que no saliste despavorido? Lo deberías haber hecho. En plena cola de la oficina de gobierno estaba llorando y en respuesta a la atención que tuviste de preguntarme si me podías ayudar en algo, ¡te contesté que qué te importaba y que te largaras! Al ver cómo te ibas alejando te llamé, ¡y regresaste! Un hombre sano, sensato e inteligente en tu lugar, no hubiera volteado ni para mentarme la madre. Pero regresaste, nos hicimos novios, supiste por mi boca que yo no tenía el perfil que tus padres te habían dicho que debía tener la elegida para esposa, ¡y desperdiciaste otra buena oportunidad de alejarte sin que saliéramos raspados! También yo debería haber preguntado entonces “¿Por qué continúas conmigo?”.

La respuesta me llegó cuando vi la foto donde apareces barbado, sentado en una silla con piernas y brazos abiertos. Eras el centro de todo el cuadro y tus seres queridos asomados por debajo de los brazos o cuando mucho, encima sacando únicamente la cabeza. Ni tu esposa estaba al lado tuyo, en una posición de igual a igual; todo mundo subordinado y tú ahí, como acostado sobre ellos, como un pater familiae  judeo romano.

En mi niñez y juventud estaba tan agobiada por los problemas de la casa que no me daba cuenta de que con esos accesos de llanto que tenía en la calle y otros lugares públicos estaba jugando un papel de víctima y con ello me atraía a pura gente rescatadora. Eso fuiste en realidad y en aquellos años no lo sabía pero ahora ya sé que el rescatista no se aleja sin haber sacado una ventaja.

Y aquí viene lo de la profecía auto cumplida que regulaba todos mis actos. Mi hija entonces tenía tres primaveras y ese era el lapso que llevaba escuchando de la familia que una mujer como yo es p’a la zopilotera, que no era buena madre, que no ganaba lo suficiente, en resumidas cuentas, hiciera lo que hiciera para mi gente era una inservible.



Me arrepiento más de haber sido yo quien dijo que deseaba las relaciones sexuales, que del aborto. Inmediatamente después de que abrí mi bocota contigo me sentí y me siento hasta la fecha como una gran burra. El ramo de flores y los versos que llevaste no me quitaron el prurito de estarle dando vueltas a lo mismo: “¡Ay Dios mío!  ¿Para qué hablé?”

Y a esa tal profecía auto cumplida le debes todas y cada una de las groserías que recibiste de mí. Simplemente, me parecía que tener un novio que me regalara tantas flores y me dedicara versos era demasiado bonito para ser cierto. ¡Ya había comprado el boleto de que mi persona “es p’a la zopilotera” y no merecía reconocimiento ni retribución!

Me bebí cada una de tus letras y pude sentir la tenaza del cangrejo pellizcándote las entrañas. Cuando leí “Antesala” investigué a qué enfermos de cáncer les colocan una sonda como parte del tratamiento; así supe que se los hacen a quienes tienen cáncer de próstata, esofágico, de pulmón o de vesícula. Hay otro más pero no importa cuál de esos haya sido tu cáncer. Lo lamento igual.



Sentí en carne propia tu dolor al leer las complicaciones que sufre un paciente con sonda. Me consternó deducir la agonía tan dolorosa que tuviste pero la fecha de tu muerte me llenó de estupor: ¡28 de Septiembre de 2021!

Ese mismo día, pero de 1977 pagabas los honorarios del médico que interrumpió mi embarazo por convenir así a tus intereses. Mientras tanto yo estaba ahí, en la plancha, reponiéndome de la anestesia  por cobarde. Tenía que haberte implorado por su vida pero esas súplicas se hicieron piedra en mi boca.

Me escuece la cuota enorme de dolor que la vida te exigió por lo que no quisiste hacer. Yo empecé a pagar de inmediato: el primer abono, tragarme tus muestras de rechazo. Después ocho largos años de una dismenorrea galopante, mes con mes con mes con mes hasta que sola desapareció. Y los intereses, en forma de una tristeza que tengo desde aquel día y que ya no puedo seguir disfrazando de enojo.

Raúl mío, es bien cierto que no lo hice de la manera más sana, pero te amé. Creo que lo sigo haciendo. Fuiste el amor de mi vida y necesité saberte muerto para poderlo entender.

Escribo esta carta porque ya no quiero sentir tu presencia. ¡Aunque me sienta acompañada no quiero que sigas rebotando del hombro izquierdo al derecho como si fueras pelota! ¡Ya no eres de este mundo y en vida no quisiste compartirme ni tu tiempo ni tu espacio! ¡Vete en paz o vete en guerra! ¡Como te tengas que ir, pero ya vete! Tienes un camino que transitar y ahí no cabemos los dos.

Sinceramente:

Adriana.


 







domingo, 13 de mayo de 2018

Carta abierta a la tía Nico


México, D.F., a 8 de mayo de 2018

Hola Tía Nico:

Tenemos la creencia de que las almas de los que han muerto se encuentran en algún lugar más allá de nuestra tierra. Un lugar al que me estoy acercando, pues he llegado a la recta final de mi vida, que no sé si dure veinte años o treinta, ¡o treinta segundos! Siempre decimos al respecto “lo que diga Dios” pero en fin; espero que si ese lugar existe y estás ahí te encuentres bien.

Si es que te llegan noticias de acá, sabrás ya que perdí mi casa por el terremoto de septiembre del año pasado y a consecuencia de ello vine a vivir a la casa de Beatriz y su hoy ex esposo, Faustino.

Ellos tuvieron dos hijos. No sé si alcanzaste a conocer al menos al mayor, Roberto Carlos, que fue quien me visitaba de vez en cuando en el tiempo en que viví en la colonia Roma. Cuatro días después del sismo llegó a buscarme a la calle donde estaba el edificio del que ya para entonces se había dictaminado que ni mis vecinos ni yo podríamos volver a habitar.

La casa es grande y bonita. Está siendo remodelada y en las paredes del cubo de las escaleras han puesto los retratos de toda la familia. Estás entre ellos con tu esposo.

Eras muy guapa de joven. En serio, nada qué ver con la anciana de cara chueca que conocí en mi niñez y con la que estuve a punto de tener un agarrón de chongo el día de la boda de Beatriz; mucho menos con aquella viejita que saqué de un empujón por aprensiva y molona cuando vestí el cadáver de Petrita.

En la familia tenemos un vicio que me dediqué a cultivar con singular devoción: despreciar al ancestro. Por desgracia lo aprendí de mamá, tu sobrina. Ella quería estar cerca de ustedes, pero nunca tuvo palabras de gratitud por las cosas buenas que significaron para su vida y lo que llegó a ser.

Y tuvo que venir este momento en el que uno de mis alifafes es la hipertensión arterial, una advertencia de que en cualquier momento me puede dar una embolia o una parálisis facial, como te pasó a ti.

En la vejez tenemos la cara que nos hemos ganado a pulso y recuerdo que si tu rostro ya me parecía feo cuando te conocí, después de aquella retorcedura de nervios de la que no te repusiste del todo, tu fealdad se acentuó.

Ahora me veo en el espejo donde se está reflejando ese monstruo y no te puedo engañar: estoy despavorida. He venido a ti no sé si en busca de consuelo o simplemente para entender y encontrar dentro de mí la posibilidad de mirarte con otros ojos. Creo más viable lo segundo, porque ya te moriste y los muertos no consuelan.  Además no creo que tuvieras muchas ganas de consolar a una grosera como yo te estoy escribiendo.

Siento tristeza porque no es posible que tengamos una conversación, pero también comprendo que habría sido no sólo imposible sino impensable, tal vez hasta contraproducente en esos tiempos en que estaba peleada con mi sombra.

Toda la vida he pensado en mamá, en las tías, en la abuela, en Petrita y en ti como en una panda de viejas lacras, entontecidas, furcias y en que tú, ¡tú y tú más que nadie, enfermaste a mi madre! No me sorprendería que también a Cirenia.

Por mal que me hayas caído desde niña, porque me di cuenta de que fingiste un desmayo, tengo que aceptar lo que tenemos en común: las dos fuimos madres solteras, aunque tú lo hayas sido de manera voluntaria mientras que yo lo viví como maternidad subrogada, pero sin firmar contrato.

Las dos sufrimos la pérdida de nuestras criaturas. Tu hijo murió a los cuatro años de edad, enfermo de pulmonía. Mi hija dejó de quererme a los 18. Y las dos hicimos algo para que esas cosas ocurrieran: tú no moviste un dedo para curar a tu niño y yo orillé a mi niña a que dejara de amarme.

Puedo ver ahora la envidia y competencia que tuviste con mi abuela o sea tu hermana. O medio hermana, como también decían. Me queda claro que las historias de la familia se saben más a través del desprecio que del cariño y la versión oficial de la tuya es que quisiste presionar a la abuela mediante un embarazo para que te dejara contraer matrimonio con el hombre que amabas, ¡pero en qué cabeza cabe! ¿Por qué pensaste que una mujer soltera que tenía tres hijas, cada una de diferente padre, iba a sentir vergüenza por un hijo natural?

Tía Nico, ¿para quién fue tu bebé en realidad? ¿Sí lo dejaste morir porque no sirvió a tus objetivos o te obligaron a ello? Quizá hubo alguien que te lo quiso quitar y preferiste entonces verlo muerto. Si fue así tendría que felicitarte porque no tuve esas agallas para consentir en morirme y conservar de ese único modo el cariño de mi hija… son otras posibilidades; aún en la parte más pequeña de la sociedad, la historia la escriben los vencedores… ¿fue así? Porque mi niña, finalmente, se quedó con Alicia y la experiencia me ha enseñado que ninguna mujer se deja quitar un hijo si no es bajo presión…

Según tus cálculos, tuviste un hijo para usarlo. Hoy entiendo que no puedo criticarte porque tu plan no te haya salido; yo ni siquiera tuve cabeza para darme cuenta de que el embarazo me quitó de cuajo la condición de “menor de edad”,  ¡tenía el derecho a emanciparme, lo podía haber solicitado ante un juez de lo familiar! Lo peor de todo es que lo podía haber solicitado sin huir de la casa, ¡me podía haber ahorrado al hombre que me embarazó!

Fui torpe, atrabancada o comodina, ¡o las tres cosas y en ese orden! No sé. Por mucha escuela que tuviera, a los dieciséis años y en una situación como esa hay que saber de la vida y de eso era una completa burra. Lo sigo siendo. Por eso pregunto, aunque ahora mismo esté escuchando una vocecita como la de mamá que me dice que hasta la pregunta es tonta, que hasta la pregunta es necia… Quizá porque le daba al clavo y el sí o no rotundo que contuviera la verdad resultaba insoportable…

Pero aun así me gustaría que vivieras para poderme decir, ¡si tuvieras el valor de sostenerme aunque fuera la mirada! Te cayó en pandorga que no muriera de bebé, ¿verdad? ¡Te cayó gorda mi madre porque no tuvo éxito en repetir el patrón que estableciste con tu hijo!

No me extrañaría que la hayas mal aconsejado para que se entregara por dinero a un hombre del que no estaba segura de querer como esposo. Respecto a Alicia no tengo duda de qué escuela tuvo. Sólo que ella fue una malvada victoriosa y tú no pasaste de ser una viuda rica venida a menos.

Siempre me brincó el hecho de que vivieras con Beatriz y Concha en lugar de con la abuela y mis tías, de quienes eras más cercana; pero le doy gracias a Dios por que haya sido así. Ahora nada me quita de la cabeza que pude vivir en casa de Alicia porque la abuela que estaba ahí era Petrita, si has sido tú no hubiera entrado ni de visita. Conocí tus modales.

De verdad que no se puede sentir otra cosa sino coraje por alguien que desea la muerte de uno. Y voy mirando ya los espíritus fregativos que estaban manejando a mamá. Eso es de lo que más me duele, aunque ni tú ni nadie me crean. Contemplar el daño que le hiciste ha sido lo que en definitiva alimentó mi encono hacia ti. ¡Porque es mi madre! ¡La madre de mis hermanos y mía y con la mierda que le diste por cuidados, nos la quitaste! ¡Ella es buena y nos podía haber tratado de otro modo de no haber metido tu triste cuchara en su niñez!

Si el solo hecho de que esté viva fue y es considerado por algunos familiares como traición, ahora me explico por qué tanta culpa de mi parte. ¡También mi rebeldía! ¡Nadie, ni loco, obedece un mandato de tal catadura! ¡Y vaya que cuesta trabajo emprender las acciones cotidianas vestida con el sambenito de infiel, desobediente, irredenta!

De manera indiscutible fuiste un demonio con faldas. El pilar viviente de la enfermedad en mi casa, el eunuco femenino de ese harén olvidado de Dios y la inclinación que me corresponde hacer ante ti no es de sometimiento ni mucho menos de cariño, sino de aceptación. Con la enfermedad no podemos. Ni tú pudiste y por eso te poseyó. No descarto que hayas tenido tu propio infierno y debió ser atroz. Te mando en este momento la compasión que puedo sentir por ti.

Hasta otra vida si es que la hay:

María Adriana.